Castillo de Calatalifa

On by Pedro Mª Vargas

Nombre: Castillo de Calatalifa
Localidad: Villaviciosa de Odón
Comunidad: Madrid
Tipología: Castillo
Estado: Vestigios
Visita: Libre
Localización: N40 19.745 W3 56.771

Fortificación de época de Adl al-Rahman III situada en los enclaves del Guadarrama con la finalidad estratégica de vigilar la vía de penetración hacia Toledo. Las excavaciones realizadas han demostrado una ocupación de finales del IX o principios del X. Tras la conquista, Calatarifa aparece como límite entre los territorios de Segovia y Toledo y pasa sucesivamente de las manos del Arzobispado de una al de la otra.. El lugar se despobló hacia el 1270.

La primera referencia escrita relativa al asentamiento islámico de Calatalifa, en la orilla oriental del río Guadarrama, se debe a Ibn Hayyan y a su obra Muqtabas V –conjunto de crónicas sobre Abderramán III—remontándose el dato al año 939 cuando el primer Califa cordobés, el gran Abderramán III, pasara por allí camino de una aceifa hacia Simancas y fuera sorprendido por un eclipse de sol. Impresionado por lo que él consideró un augurio, el omeya ordenó la fundación de Qal´at Jalifa –traducido como Castillo del Califa—informándonos así mismo la crónica del levantamiento al año siguiente de una serie de importantes fortificaciones y el envío de una guarnición con su correspondiente caid como responsable del poblamiento y la defensa de la zona–. Complementando las anteriores referencias islámicas –quizás en exceso cargadas del sabor de la leyenda– las recientes excavaciones realizadas en el yacimiento informan de niveles de habitación correspondientes a los años finales del siglo IX o principios del X, lo cual supone la existencia de un asentamiento previo a la fundación califal si bien posiblemente de escasa entidad y sin defensas –detalle éste que permitiría todavía ciertos visos de verosimilitud a la leyenda de la fundación de Calatalifa–.

La primera referencia escrita relativa al asentamiento islámico de Calatalifa, en la orilla oriental del río Guadarrama, se debe a Ibn Hayyan y a su obra Muqtabas V –conjunto de crónicas sobre Abderramán III—remontándose el dato al año 939 cuando el primer Califa cordobés, el gran Abderramán III, pasara por allí camino de una aceifa hacia Simancas y fuera sorprendido por un eclipse de sol. Impresionado por lo que él consideró un augurio, el omeya ordenó la fundación de Qal´at Jalifa –traducido como Castillo del Califa—informándonos así mismo la crónica del levantamiento al año siguiente de una serie de importantes fortificaciones y el envío de una guarnición con su correspondiente caid como responsable del poblamiento y la defensa de la zona–. Complementando las anteriores referencias islámicas –quizás en exceso cargadas del sabor de la leyenda– las recientes excavaciones realizadas en el yacimiento informan de niveles de habitación correspondientes a los años finales del siglo IX o principios del X, lo cual supone la existencia de un asentamiento previo a la fundación califal si bien posiblemente de escasa entidad y sin defensas –detalle éste que permitiría todavía ciertos visos de verosimilitud a la leyenda de la fundación de Calatalifa–.

Poco queda de este castillo, el basamento de una torre, que mira al este, formado por piedra y ladrillos, obra islámica, con zarpas y escalonamientos, un pequeño aljibe, mas pequeño y poco profundo, obra de ladrillo que forma una planta rectangular abovedada y cubierta todavía de almagra, y los restos de otro, del que se conserva solo parte del mismo, al haberse desprendido la ladera donde se encontraba, situado al borde del mismo cerro en la cortadura del rio Guadarrama. Obra de ladrillo y que estuvo dividido en dos cámaras separadas por un arco también de ladrillo, cuyos arranques todavía pueden verse.

La importancia estratégica de la nueva ciudad de Calatalifa, toda vez que hacía las veces de puesto avanzado musulmán en el camino que, siguiendo el curso del río Guadarrama, llevaba de Toledo a las comarcas cristianas de Ávila y Segovia y por el cual no eran raras las penetraciones de las algaradas norteñas.

Conquistada Calatalifa, probablemente a raíz de la capitulación de la capital toledana en 1085, será adscrita al Arzobispado de Toledo, del cual pasará al de Segovia en 1161 al ser el lugar a la sazón el punto por donde pasaba la frontera entre ambos arzobispados con los consiguientes roces y recortes de territorio entre ambas instituciones eclesiásticas. Con todo, debía ser un lugar poco poblado toda vez que la primera referencia tras la conquista es del año 1118 –donde figura como lugar de medianedo, adherido en ese fecha al Fuero de Toledo junto a los lugares de Alamín, Madrid y Talamanca de Jarama–, no existiendo dato alguno que permita asegurar el paso por ella de las incursiones almorávides ni de las almohades de la centuria siguiente.

Cada vez más centrado, con el paso de los años, el grueso del tránsito entre el Reino de Toledo y las tierras castellanas del norte por la vía Illescas-Madrid-Valle del Jarama-Henares y puerto de Somosierra en detrimento de la ruta del Guadarrama y el Puerto de los Leones –nunca muy empleada en el Medioevo—así como ciertamente lejana ya la frontera con el enemigo musulmán, Calatalifa se iría despoblando de forma progresiva hasta el punto de que en 1270 el Concejo de Segovia la entrega al Notario Real Don García Martín para que la repueble con fuero segoviano. Las excavaciones han demostrado fehacientemente este hecho al constatar un progresivo empobrecimiento de los materiales halladas a medida que se avanza en su cronología así como la utilización como cementerio en época más reciente de una parte de la ciudad antes habitada. En cualquier caso parece claro que Calatalifa nunca fue un lugar muy poblado en época cristiana toda vez que el 90 % del material cerámico encontrado corresponde a una cronología islámica.

Ejecutado en ladrillo con pobres restos de revoco impermeabilizador, queda de él un muro con un contrafuerte en el cual se aloja el arranque de un arco redondo –ligeramente de herradura– dispuesto en orden de dividir el aljibe en dos cámaras. Su ubicación actual, colgando literalmente de la ladera del cerro a unos cuantos metros de altura, evidencia que el antiguo recinto de la ciudad se extendía unos metros más hacia la orilla del río, habiéndose venido abajo posteriormente por efecto de la erosión sin duda cuando la ciudad ya estaba deshabitada. Este detalle, aparte de poner en peligro día tras día la conservación de estos restos del aljibe nos indica también la desaparición total de las estructuras defensivas con que un día hubiera podido contar por ese lado la ciudad de Calatalifa.

Enclavada en un lugar periférico en relación a las principales vías comerciales de la época así como rodeada de tierras más bien áridas—no tendría éxito, de manera que Calatalifa fue abandonada para siempre poco después –finales del siglo XIII–. Comenzaría así un largo periodo de sueño para los cada vez más arruinados restos, desaparecidos durante siglos y vueltos parcialmente a la luz merced a las citadas excavaciones de los últimos veinte años.

Los escasos restos supervivientes de la que fuera ciudad-fortaleza islámica de Calatalifa se hallan en la cumbre de un cerrete de considerable superficie, bastante más amplia que las de los mismos que le rodean, y fuerte pendiente hacia el lado del río Guadarrama –en cuya orilla oriental se alzan—si bien fácilmente accesible por el extremo opuesto, esto es desde el Sur y el Este, dada su baja altura y casi nula fragosidad.

Las mayores fortificaciones de Calatalifa fueron dispuestas en sus lados meridional y oriental, los más vulnerables, sectores a la sazón donde se han encontrado restos de murallas. El extremo del río debió carecer probablemente de cualquier otra defensa más allá de algún muro corrido, a buen seguro sin torres amén de ejecutado en algún material de pobre factura que no ha soportado el paso del tiempo.

En cuanto a la división interna de la antigua ciudad califal, existen algunos indicios que permiten apuntar a la típica distribución dual musulmana consistente en la puebla civil por un lado y una ciudadela/alcazaba político-militar por otro, normalmente más o menos aislada de la primera. Así parece señalarlo, en efecto, la presencia de dos aljibes en el cerro de Calatalifa: uno de menor tamaño hacia la parte occidental del cerro y otro mayor en el extremo oriental. Si además consideramos que la citada parte oriental es al menos el triple de grande que la occidental amen de situada a una cota ligeramente más baja y que ambas partes se encuentran separadas por un suave vaguada quizás en tiempos más marcada –artificialmente—resulta del todo plausible la posibilidad de que el sector oriental del cerro albergara las casas de la ciudad propiamente dicha mientras que el occidental hiciera propio con la alcazaba o recinto militar y de gobierno de la ciudad, provista a la sazón de su propio aljibe y mejor dotado para la defensa que el civil al dar al río por dos de sus lados.

En el sector oriental del cerro, como se dijo el que un día ocupara la puebla, se halla un segundo aljibe de dimensiones bastante menores que el anterior aunque ejecutado también por entero en ladrillo.

De planta rectangular, se cubría con una bóveda aproximadamente redonda –conservada sólo en parte- verificada merced a la intersección de dos bovedillas anexas curvilíneas. Al interior aparece revestido de almagra –mortero impermeabilizante—encontrándose también dos orificios en la parte inferior de una de sus esquinas sin duda relacionados con las vía de entrada de agua al aljibe.

Por fin, como únicos elementos de fortificación propiamente dichos, las recientes excavaciones han exhumado la cimentación del vértice suroriental de la que fuera muralla de Calatalifa. Así, se trata de la misma esquina Sureste la cual tuerce en ángulo recto desde el frente Sur hacia el Norte dando lugar al flanco oriental del recinto amurallado, en el cual aparece, transcurrido un par de metros de cortina –de un metro y medio de espesor aproximadamente–, la planta de una torre rectangular de escaso saliente y maciza: típicamente califal en definitiva.

Estos restos se encuentran verificados en una tosca mampostería ligada con argamasa de cal de buena calidad hasta unos ochenta centímetros de altura. A partir de ahí se localizan dos hiladas de ladrillo como único paramento preservado. Destaca también la zarpa o escalonamiento en que se apoyan estos muros, muy sólida en verdad, y que en el punto mismo del vértice Sureste luce dos grandes sillares cúbicos como refuerzo.

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