Castillo de Fuentidueña de Tajo

Nombre: Castillo de Fuentidueña de Tajo, Castillo de los Piquillos
Localidad: Fuentidueña de Tajo
Comunidad: Madrid
Tipología: Castillo
Estado: Ruina
Visita: Libre
Localización: N40 07.294 W3 09.769

Las ruinas de este castillo se encuentran al final de una meseta, teniendo a sus pies el pueblo y la llanura del valle del Tajo. Esta protegido por un barranco al oeste y foso excavado en la roca por el norte.

Se adapta al terreno, aunque forma un rectángulo cuyos lados menores son el norte y el sur. Esta casi derruido, fue volado en la guerra de la Independencia. Después se hizo en su solar el deposito de agua del pueblo por ser el lugar mas alto.

Estuvo rodeado por la parte norte por una barbacana de la que queda una torrecilla semicircular delante del foso excavado con dos niveles al menos. Quedan restos de la torre del Homenaje o de Los Piquillos, obra de tapial y sillarejo en la que en su cara norte tiene dos garitones decorativos.

Tiene restos de ocho torres, de planta cuadrada, excepto las dos del lado norte, que son circulares con restos de barbacana en alginas de ellas. Se aprecia un foso interior con restos de un muro divisorio entre la Torre del Homenaje y el resto del castillo. Sus ruinas forman un gran recinto y dominan el amplio valle del Tajo destacándose su silueta en lo alto del cerro.

Surge Fuentidueña como población nueva cristiana que se alzara frente al antiguo emplazamiento árabe del castillo de Alarilla, al otro lado del Tajo, pasando su población desde este ultimo a la nueva puebla.

Con los almorávides a partir de 1118 en que son expulsados de Alcalá de Henares al otro lado del Tajo se vera la conveniencia de edificar un castillo en esta zona mirando al sur para prever un nuevo ataque, ya que los almorávides retuvieron la base importantísima del castillo de Oreja hasta el año 1139 en que, tras largo asedio, pudo ser tomada por Alfonso VII. Se tiene documentación de que el el año 1153 el Rey Alfonso hizo las primeras concesiones de esta zona, donando el castillo de Alboer al conde Don Ponce, castillo situado frente a Fuentidueña y un año después Villafandin, que lo cede a Gonzalo Aguacil, poblando Alarilla, formando un albergue junto al vado del Tajo, organizando la explotación de las salinas de Belinchón, repoblando Torrique y Ocaña. Encargó la defensa de Fuentidueña a la Orden de Santiago, junto a la mayoría de las poblaciones de ambas márgenes del Tajo.

En este castillo, en 1204, hizo testamento Alfonso VII, siendo habitado después por Alfonso X durante algún tiempo. En el siglo XV paso Don Álvaro de Luna, como Comendador de la Orden de Santiago.

En las relaciones de Felipe II se cita: Hoy una fortaleza de cientos de tiros viejos, propiedad del Rey y provisión de Alcaide pertenece al Comendador Mayor de Castilla, que le paga 25.000 maravedís u ocho ducados. El alcaide se beneficia con una tierra de secano y un huertecillo cercanos al castillo. Todo de poco valor; escasamente supondrá un ingreso de dos ducados al año al referido beneficio.

Este castillo estuvo vinculado históricamente con la orden militar de la Encomienda Mayor de Castilla de la Orden de Santiago, razón por la cual también es conocido como castillo de Santiago. Otras denominaciones son Torre de Doña Urraca y Torre de Los Piquillos, en referencia a la torre del homenaje, uno de los elementos de la fortaleza que mejor se conservan. Aquí estuvo recluida Doña Urraca, la mujer de Alfonso I el Batallador, que, según la leyenda, por las noches pasaba a través de los pasadizos a visitar a los moriscos.

Castillo de Fuentidueña 8aTambién estuvo prisionero el adelantado Pedro Manrique, por orden de Juan II.
En 1474, don Gabriel Manrique, conde de Osorno y comendador Mayor de Castilla, hizo prisionero y confinó en el castillo de Fuentidueña a don Diego López Pacheco, segundo marqués de Villena, en las pugnas que ambos mantenían por la obtención del Maestrazgo de Santiago a la muerte del padre de don Diego, don Juan de Pacheco, primer marqués de Villena.

Fuente:

Guía de los Castillos de Madrid, Jorge Jiménez Esteban – Antonio Rollón Blas

Cortesía de Un dron en la mochila

 

Pedro Mª Vargas

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