Castillo de La Alameda de Osuna

On by Pedro Mª Vargas



  • Nombre: Castillo de La Alameda de Osuna, Castillo de Barajas
  • Localidad: Madrid
  • Comunidad: Madrid
  • Tipología: Castillo
  • Estado: Ruinas
  • Visita: Libre


Castillo de La Alameda de Osuna se encuentra sobre un suave promontorio que, aunque no tiene una posición dominante, sí debía tener una amplia vista sobre las terrazas que descienden hacia el Jarama, a 2 kilómetros de distancia. El ayuntamiento de Madrid ha puesto en marcha, entre 2007 y 2010, un plan de actuaciones cuyo resultado, tras la excavación, la restitución parcial y la musicalización del castillo de la Alameda, ha sido la apertura al público de una instalación pensada para favorecer el contacto entre la sociedad y este valioso bien de su Patrimonio Cultural.

El castillo ha sido objeto de un estudio arqueológico completo y de una reintegración arquitectónica parcial; se han restituido las paredes y volúmenes del foso para preservarlo y devolverle su morfología original, se ha rehecho la planta del muro exterior (barrera) y de la torre del homenaje para recuperar el trazado completo del conjunto defensivo, y se han protegido las coronaciones y vanos de las partes conservadas del edificio central.

En torno al castillo, la nueva instalación está formada por un punto de encuentro con una sala con información general y unos aseos, paseos peatonales con miradores, un puente que permite salvar el foso y entrar en el castillo, y un nuevo cerramiento de la parcela. Todo el recorrido es totalmente accesible.

La ubicación de los miradores coincide con los mejores ángulos de visión del conjunto arqueológico. Los paneles situados en ellos ofrecen información sobre los principales elementos arquitectónicos del castillo y su función, reconstrucciones del aspecto original de los edificios y sus transformaciones históricas y datos sobre su historia.

El nuevo cerramiento ha sido diseñado con el propósito de ampliar el área de excavación y la “zona de respeto” en torno al castillo, permitiendo una visión más completa de su aspecto, también desde el exterior.

Además del castillo, el conjunto histórico lo forman los restos de un poblado prehistórico con varias fases de ocupación, la Casa del Guarda, un nido de ametralladoras de la Guerra Civil y el panteón de la familia Fernán Núñez. En total, casi cuatro milenios de historia han dejado su huella en este rincón del barrio de la Alameda de Osuna.

Los huecos tallados en el suelo que han aparecido al excavar el castillo eran “despensas” del poblado prehistórico. Dentro de ellos se conservaban los alimentos a temperatura estable y a salvo de posibles depredadores. Una vez perdida su función original, se aprovechaban como basureros improvisados. Por este motivo, suelen contener mucha información arqueológica sobre la dieta alimenticia y los utensilios empleados por quienes los usaron.

Siglos atrás hubo una pequeña aldea en las cercanías del castillo: La Alameda. La instalación de la vecina quinta de recreo de los Duques de Osuna, llamada el Capricho, hizo que la zona pasase a conocerse por la Alameda de Osuna. Actualmente se encuentra rodeada por barrios residenciales y dista 1 kilómetro del pueblo de Barajas.

Las ruinas del castillo de La Alameda, por su proximidad a Barajas, se las conoce a veces por este ultimo nombre. Excavaciones recientes han descubierto que la primera ocupación humana del lugar que ocupa el castillo no fue de época medieval, sino muy anterior: Se remonta a la Prehistoria, más concretamente al Calcolítico (o Edad de Cobre), es decir, a la primera mitad del segundo milenio antes de nuestra era. Se trata de un poblado de cabañas que se asentó en este altozano por sus excelentes condiciones de vida.

El poblado estaba rodeado, ya entonces, por un foso. Las cabañas eran de planta circular y tenían un zócalo de piedra. Sus paredes y su techo estaban hechos con ramas y barro. El suelo estaba parcialmente excavado en la tierra y cubierto con esteras y pieles para aislarlo de la humedad. Toda la familia convivía en el mismo espacio.

Los huecos tallados en el suelo que han aparecido al excavar el castillo eran “despensas” del poblado prehistórico. Dentro de ellos se conservaban los alimentos a temperatura estable y a salvo de posibles depredadores. Una vez perdida su función original, se aprovechaban como basureros improvisados. Por este motivo, suelen contener mucha información arqueológica sobre la dieta alimenticia y los utensilios empleados por quienes los usaron.

El foso del Castillo ha seccionado una zanja preexistente de dos metros de profundidad que seguramente era el foso del poblado calcolítico. Estos asentamientos solían estar rodeados por una zanja y una empalizada de madera para protegerse. Se han documentado otros ejemplos muy parecidos en la propia Comunidad de Madrid.

Las excavaciones han permitido descubrir que, bajo los escombros, se ocultaban los restos de un enorme foso que rodeaba al castillo y lo protegía. Su gran tamaño – hasta doce metros de anchura por seis de profundidad – contrasta con las pequeñas dimensiones del edificio. Las paredes (“escarpadas”) formaban taludes inclinados “chapados“ con piedra. El foso servía para potenciar la altura de los muros defensivos, así como para evitar que los atacantes pudieran escapar de los proyectiles de los defensores.

Para salvar el foso existía un puente. Se han conservado sus apoyos los de su forma definitiva tras la reforma del siglo XVI. Lo normal es que el puente original tuviera una parte maciza y otra hecha en madera: éstas segunda parte podía ser rápidamente destruida en caso de ataque con el fin de aislar el castillo. No hay restos que permitan pensar en un puente levadizo.

Aunque no se ha conservado, conocemos la situación de la puerta de la barrera del castillo gracias a la posición del puente y a los restos de una de las dos torretas de flanqueo que la defendían. Seguramente se trataba de un arco con una puerta sencilla de dos hojas, solamente protegida por un balcón defensivo situado sobre ella y las dos torretas a sus lados.

Esta puerta, efectivamente, se abría en la barrera, un muro situado entre el foso y el edificio principal cuya misión era reforzar la defensa que ofrecía el foso y anteponer otro obstáculo ante un eventual ataque. Sobre ese muro, un adarve almenado protegía a los defensores apostados sobre él y, en su frente, se abrían varias troneras o “bocas de fuego”. Además, en cada esquina se alzaba una torre de “flanqueo” desde la que poder disparar a los atacantes desde los lados “flancos” en caso de que intentaran “escalar” la barrera.

Entre la barrera y el edificio principal, discurría un pasillo denominado “liza”, cuya función era permitir una rápida circulación sin obstáculos de los defensores hacia cualquier punto del perímetro defensivo del castillo en caso de ataque. Además, en caso de que los atacantes consiguieran saltar el muro, quedarían atrapados en este pasillo, donde podrían ser blanco fácil de los defensores refugiados en el último reducto.

En las fortificaciones medievales, por razones defensivas, la puerta de la barrera y la del recinto principal no solían estar en el mismo lado del edificio y desde luego que nunca en el mismo eje.

El castillo de la Alameda no es una excepción: una vez franqueado el primer acceso, había que rodear la torre del homenaje por la liza para entrar en el patio. De este modo, una vez superado el obstáculo de la barrera y la primera puerta, los atacantes se exponían durante un largo trecho al fuego de los defensores, refugiados en la torre. Y también eso impedía el uso de arietes y otros aparatos de asalto.

El sistema de acceso que, entre la puerta de la barrera y la puerta del castillo, obligaba a rodear la torre del homenaje dejó de tener sentido al perder el castillo su función defensiva. Entonces se hizo necesaria una entrada más directa y cómoda, para lo que se picó el muro y se abrió una nueva puerta frente al puente, por cuyo hueco pasamos también ahora al patio.

Tras los recios muros defensivos del castillo se escondía la residencia del señor y su corte. Las estancias principales ocupaban la torre del homenaje, pero otras dependencias se distribuían – algunos salones, la cocina, la capilla y el cuarto para los guardias – en un edificio de dos plantas en torno al patio. Como el castillo era de pequeñas dimensiones, estas estancias sólo ocupaban dos de los cuatro lados. Por razones defensivas, sus puertas y ventanas se abrían al patio.

También las estancias del interior del castillo fueron renovadas a mediados del siglo XVI, con el mismo objetivo que el resto de la reforma: convertir el castillo en una cómoda residencia rural. Las dos plantas se convirtieron en tres gracias a la excavación de un semisótano, del que se conservan unos estupendos suelos de cantos rodados. En el piso alto, se abrieron unos grandes ventanales con vistas al jardín. Y las excavaciones arqueológicas nos han revelado que las paredes estaban revestidas con zócalos de azulejos.

Las excavaciones arqueológicas también han permanecido encontrar, entre los escombros y rellenos del castillo, numerosos objetos utilizados por sus habitantes en su vida cotidiana: sobre todo recipientes de loza para el servicio de mesa, pero también copas y jarras de cristal y hasta tijeras….

Para facilitar el aprovisionamiento de agua sin depender del exterior en caso de asedio, en el patio había dos pozos: uno en el centro – que también debía recoger el agua de la lluvia – y otro, como en la torre, empotrado en un muro. Un pavimento de ladrillos cubría toda su superficie.

Las reformas realizadas a mediados del siglo XVI también afectaron a la “liza”: fue pavimentada con un suelo de guijarros muy parecido al de los nuevos semisótanos del interior del castillo. Y es probable que el muro perimetral se desmontara parcialmente en este momento para transformarlo en un pretil – y la liza, en un paseo – con vistas al jardín del foso.

El aspecto del castillo debía de ser muy distinto cuando aún estaba en pie la parte del edificio más destacada: la torre del homenaje. Solo conocemos la mitad de sus cimientos y el pavimento de ladrillos de la planta baja, pero podemos imaginar cómo era gracias a torres parecidas de la misma época que sí se han conservado, como la de Pinto.

La torre, siguiendo el patrón habitual, debía alzarse por encima de los muros y de todo el territorio circundante y era, con su altura y fortaleza, el símbolo de poder del señor sobre su jurisdicción. Además, en el salón del trono, en la planta principal, el señor recibía el “homenaje” de sus vasallos (de ahí su nombre). La torre probablemente estaba dividida en tres o cuatro plantas, cada una con una estancia. Por razones defensivas, la entrada estaba en el primer piso, que era, a su vez, la planta principal. La segunda planta la ocupaba la cámara privada del señor. Y la planta baja estaba dedicada al almacén y bodega.

Los pisos se comunicaban gracias a una escalera de caracol encajada en el muro. La escalera bajaba hasta el sótano y aún se puede reconocer su arranque. La torre tenía también su propio pozo, para, en caso de asedio, no depender del exterior.

Durante la reforma, para comunicar cómodamente el interior del castillo con el jardín del foso, se abrió en el flanco nordeste un pasadizo subterráneo abovedado por debajo de la liza y la barrera que terminaba en una puerta abierta en la escarpa. El suelo estaba cubierto por un pavimento de ladrillos que se ha conservado en buen estado.

Fuente: El castillo de Madrid. Guía del castillo de la Alameda – Ayuntamiento de Madrid

Galeria 1

Recreación histórica

Recreación histórica 1

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