Castro del Cancho de la Cabeza

On by Pedro Mª Vargas



  • Nombre: Castro del Cancho de la Cabeza, Castro de la Hoya de la Cabeza

  • Localidad: La Cabrera

  • Comunidad: Madrid

  • Tipología: Castro

  • Estado: Yacimiento arqueológico

  • Visita: Libre



El castro del Cancho de la Cabeza, esta ubicado en el cerro del mismo nombre, dominando la dehesa de Roblellano, a los pies de la Sierra de La Cabrera. El yacimiento, que no ha sido excavado en profundidad y es de difícil interpretación, corresponda al período protohistórico de la Edad del Hierro, posiblemente a la etapa carpetana hasta la Edad Media, en los que se han encontrado materiales, hallados en superficie, como las cerámicas a torno y de cocción oxidante.

El poblado tiene dos partes diferenciadas: una superior y otra inferior. Encontraremos vestigios de viviendas, reducidos a simples ruinas de montones de piedras, de planta circular y rectangular, como el asentamiento carpetano-romano de la Dehesa de La Oliva, en la sierra de Patones, a base de lajas de granito y arenisca, cuya distribución parece irregular a simple vista habiendo concentraciones de viviendas más definidas en algunas zonas del poblado.

Es manifiesta la falta de urbanismo. No se detecta la existencia de calles, y entre las supuestas viviendas se definen grandes espacios libres, característico de los castros en altura fortificados, y que se asientan sobre terreno granítico.

Se han encontrado restos de cerámica en fragmentos de tamaño mediano, cerca de las viviendas de la parte superior del castro. En el resto del espacio encontramos numerosos fragmentos cerámicos de pequeño tamaño, sobre todo en el camino que da acceso entre uno y otro estrato. Los restos alfareros pueden pertenecer a la vajilla o a los contenedores de almacén que utilizaron en su día los habitantes del castro.

Al sureste del poblado, y protegiendo su entrada, podemos comprobar la existencia de ruinas que parecen haber formado antaño una muralla de pequeña altura, que rodearía el espacio doméstico que configuran las casas derruidas. Desde este punto se domina también la Dehesa de Roblellano.

A pesar de una posible filiación carpetana, no tiene nada que ver el urbanismo tosco del Cerro de la Cabeza con poblados de la Edad del Hierro excavados más al sur de Madrid, en terreno yesífero, como el Cerro de la Gavia, donde una calle central articula un incipiente espacio urbano compuesto por una serie de manzanas de casas de planta claramente rectangular.

Castro8Posiblemente este emplazamiento fuese posteriormente reutilizado en época visigoda, lo que podría encajar perfectamente con la existencia a los pies del Cerro de la necrópolis de la Tumba del Moro.

El cerco que encierra al conjunto está situado en la ladera menos pronunciada del cerro. Fueron los arévacos el más fiero de los pueblos celtas que poblaron el centro de la península Ibérica, entre las actuales La Rioja y Ávila, allá entre los siglos VII antes de Cristo y prácticamente los inicios de nuestra era.

Gustaban estas tribus belicosas aposentar sus poblados en lo alto de cerros escarpados, lo que facilitaba su defensa. Independientes entre sí y sin otro contacto que las incursiones y racias que realizaban, o recibían, cada asentamiento era gobernado por un régulo, que ejercía su caudillaje sobre un grupo que basaba su existencia en la agricultura y el guerreo constante.

A pesar de tan rústica organización, las noticias que nos llegan de los arévacos, dan indicios de una igualdad que, dos milenios y medio después, para sí quisieran tener muchas de las sociedades actuales. Destaca la inclusión de las mujeres en las milicias donde participaban armadas como los hombres y en cierta igualdad de ambos sexos en las labores cotidianas.

Vivieron los arévacos en la amplia franja mesetaria al sur del Duero, aposentados preferentemente en ciertas alturas cercanas al fondo de valles principales desde donde obtenían una evidente ventaja posicional. El Cancho de la Cabeza fue una de ellas, en la que se encuentran los restos de un asentamiento conocido como el poblado moro.

La morfología de este cancho se muestra excepcional para los intereses de los arévacos: laderas rocosas verticales con sólo dos accesos sencillos, sobre las cuales se elevan dos cumbres gemelas separadas por una relativamente amplia depresión. Allí el poblado recibía de las paredes rocosas protección frente a las inclemencias meteorológicas y disimulo, ocultándolo desde la llanura.

Los arévacos se extinguieron y allí quedaron sus restos, montones de guijarros, restos de muros, oquedades en el suelo y una constelación de mínimos pedazos de barro cocido esparcida por todos los rincones, que hablan de su pasado esplendor.

Fuente: http://www.elmundo.es. Alfredo Merino

Galeria 1

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